Una señorita.
Una señorita de esas a las que la naturaleza ha dotado de una belleza especial. Alta, delgada, de carnes magras pero con curvas sinuosas.
Una señorita que exhibe inescrupulosamente y a los cuatro vientos, la belleza que le otorga su juventud.
Sí, sí, una bella joven a la que instintivamente cualquier hombre descuartiza con la mirada. Porque es un todo pero es también partes.
Es decir, es dos largas y torneadas piernas enfundadas en la brevísima falda de un vestido liviano, dos firmes glúteos desembocando en una fina cintura, un abdomen plano y un escote generoso que insinúa la turgencia de su busto altanero.
Y es también un cabello azabache cortado a la garçon que enmarca un rostro perfectamente delicado de indiscutibles rasgos griegos.
Si su pobre imaginación aún no pudo hacerse la idea de cómo lucía la jovenzuela, piense en Mónica Antonópulos y tendrá una imagen cercana a lo que le estoy tratando de describir.
En fin, en tres palabras, una-hermosa-mujer con la que todo Dios, Semidios y hombre pasaría un fin de semana entero ejercitando todas las poses amatorias aprendidas en su vida sexual activa, cuidando, eso sí, de no fecundar a ninguno de sus óvulos.
En honor a su ascendencia griega, a este bello espécimen del sexo femenino la llamaremos Afrodita.
Afrodita viaja de pie en un ómnibus que transita cansinamente la Avenida Santa Fe a la altura de Scalabrini Ortiz.
Tres muchachos, tres, la rodean. Tres desconocidos que han tomado posiciones estratégicas con intenciones comunes y non santas.
A su diestra, Apolo, atlético y metrosexual. Tostado de cama solar, camisa y pantalones impecablemente planchados. A su siniestra, Dionisio, desalineado de estatura media, corpulento pero un tanto salido en carnes. Luce una chomba algo gastada y unos jeans que necesitan pasar por un Laverap.
Custodiando su retaguardia, fuera de la mitología griega y en jogguintea, Onan, flaco desgarbado y con cara de hacerle diariamente el amor a su mano más hábil.
El colectivo frena bruscamente y es el puntapié que da la entrada al primer y único acto de este drama:
Afrodita, en un solo grito: Dejá de tocarme degenerado!
Onán, con cara vos estás del tomate: Qué te pasa, loca?
Afrodita, mirándolo con asco: Sos un pajero.
Onán, sin inmutarse: Y vos sos una trola que te refregás contra mí y te hacés la Virgen María.
Dionisio, en héroe urbano, entrando en cuadro: Pedile disculpas a la señorita!
Onán, mirando con cara de “Y vos, gordito Gilún, de dónde saliste?”: Qué te metés gordo fugaza? Mejor bajate acá y andá a la panadería que se te está pasando la hora de comerte las facturas…
Dionisio, ni corto ni perezoso: No, mejor andá vos a la panadería y de paso, comete esta rosca…
Puñetazo de Dionisio a Onán que cae despatarrado arriba de un viejo (que bien podría ser Zeus disfrazado) sentado en un asiento de dos.
El colectivo frena bruscamente.
El chofer, grita con voz de pocos amigos: Se bajan ya o llevo a todo el mundo a la comisaria…
Como un coro cantando una letanía, la gente protesta.
Se abre la puerta y Dionisio baja a Onán a empellones.
El colectivo arranca.
Apolo, caballero, preguntándole a Afrodita: Estás bien?
Afrodita: Sí, sí gracias.
Comienza una conversación pero pierdo interés. (Además, ya estamos en Plaza Italia y tengo que bajarme).
Mientras toco el timbre miro la pose de Apolo: Todo su cuerpo se inclina hacia la diosa del amor y la belleza y le habla casi al oído.
Pienso que ni Sófocles podría haber escrito este drama griego.
Pienso que no hace falta consultar al oráculo de Delfos para saber que los Apolos, inteligentemente, siempre entran en escena una vez que los Dionisios hacen el trabajo sucio.
Y obviamente, se llevan los créditos.
Y aquí, la imagen de la semana:
La consigna era hacer una publicidad loca de un producto en donde se destacaran atributos que en general no se promocionan.
Tercer lugar (y premio) sobre dieciocho.
Una señorita de esas a las que la naturaleza ha dotado de una belleza especial. Alta, delgada, de carnes magras pero con curvas sinuosas.
Una señorita que exhibe inescrupulosamente y a los cuatro vientos, la belleza que le otorga su juventud.
Sí, sí, una bella joven a la que instintivamente cualquier hombre descuartiza con la mirada. Porque es un todo pero es también partes.
Es decir, es dos largas y torneadas piernas enfundadas en la brevísima falda de un vestido liviano, dos firmes glúteos desembocando en una fina cintura, un abdomen plano y un escote generoso que insinúa la turgencia de su busto altanero.
Y es también un cabello azabache cortado a la garçon que enmarca un rostro perfectamente delicado de indiscutibles rasgos griegos.
Si su pobre imaginación aún no pudo hacerse la idea de cómo lucía la jovenzuela, piense en Mónica Antonópulos y tendrá una imagen cercana a lo que le estoy tratando de describir.
En fin, en tres palabras, una-hermosa-mujer con la que todo Dios, Semidios y hombre pasaría un fin de semana entero ejercitando todas las poses amatorias aprendidas en su vida sexual activa, cuidando, eso sí, de no fecundar a ninguno de sus óvulos.
En honor a su ascendencia griega, a este bello espécimen del sexo femenino la llamaremos Afrodita.
Afrodita viaja de pie en un ómnibus que transita cansinamente la Avenida Santa Fe a la altura de Scalabrini Ortiz.
Tres muchachos, tres, la rodean. Tres desconocidos que han tomado posiciones estratégicas con intenciones comunes y non santas.
A su diestra, Apolo, atlético y metrosexual. Tostado de cama solar, camisa y pantalones impecablemente planchados. A su siniestra, Dionisio, desalineado de estatura media, corpulento pero un tanto salido en carnes. Luce una chomba algo gastada y unos jeans que necesitan pasar por un Laverap.
Custodiando su retaguardia, fuera de la mitología griega y en jogguintea, Onan, flaco desgarbado y con cara de hacerle diariamente el amor a su mano más hábil.
El colectivo frena bruscamente y es el puntapié que da la entrada al primer y único acto de este drama:
Afrodita, en un solo grito: Dejá de tocarme degenerado!
Onán, con cara vos estás del tomate: Qué te pasa, loca?
Afrodita, mirándolo con asco: Sos un pajero.
Onán, sin inmutarse: Y vos sos una trola que te refregás contra mí y te hacés la Virgen María.
Dionisio, en héroe urbano, entrando en cuadro: Pedile disculpas a la señorita!
Onán, mirando con cara de “Y vos, gordito Gilún, de dónde saliste?”: Qué te metés gordo fugaza? Mejor bajate acá y andá a la panadería que se te está pasando la hora de comerte las facturas…
Dionisio, ni corto ni perezoso: No, mejor andá vos a la panadería y de paso, comete esta rosca…
Puñetazo de Dionisio a Onán que cae despatarrado arriba de un viejo (que bien podría ser Zeus disfrazado) sentado en un asiento de dos.
El colectivo frena bruscamente.
El chofer, grita con voz de pocos amigos: Se bajan ya o llevo a todo el mundo a la comisaria…
Como un coro cantando una letanía, la gente protesta.
Se abre la puerta y Dionisio baja a Onán a empellones.
El colectivo arranca.
Apolo, caballero, preguntándole a Afrodita: Estás bien?
Afrodita: Sí, sí gracias.
Comienza una conversación pero pierdo interés. (Además, ya estamos en Plaza Italia y tengo que bajarme).
Mientras toco el timbre miro la pose de Apolo: Todo su cuerpo se inclina hacia la diosa del amor y la belleza y le habla casi al oído.
Pienso que ni Sófocles podría haber escrito este drama griego.
Pienso que no hace falta consultar al oráculo de Delfos para saber que los Apolos, inteligentemente, siempre entran en escena una vez que los Dionisios hacen el trabajo sucio.
Y obviamente, se llevan los créditos.
Y aquí, la imagen de la semana:
La consigna era hacer una publicidad loca de un producto en donde se destacaran atributos que en general no se promocionan.
Tercer lugar (y premio) sobre dieciocho.

Ahora entiendo por que Apolo es un Dios... su descripción de esta escena mitológica callejera es excelente. igual me da pena Dionisio.
ResponderSuprimirfelicitaciones por el premio!!!
Muy buena la publicidad.
ResponderSuprimirY la escena... Como inmortalizada con esa misma cámara.
Un abrazo.
Será por mi generosa imaginación (o por otra cosa, dedúzcalo usted) pero por un par de segundos me los vi a los cuatro juntos, previo saqueo de los bolsillos de todos los pasajeros, incluido también el chofer, revolcándose alocadamente repasando todas las artes amatorias que se sabían desde el inicio de su vida sexual.
ResponderSuprimirDebe ser la hora...
Me están preocupando las casualidades, mi amigo. No, yo no escribí ningún drama griego (no podría; a lo sumo, una receta fallida de musaka) pero anoche volví a ver "Poderosa Afrodita" del maestro Allen. Curioso.
ResponderSuprimirSu relato es genial y la imagen me deja las palmas rojas de los aplausos. Lo felicito, amigazo, y le mando un abrazo.
Estupendo relato, Carugo. Ponga la obra ya....en un anfiteatro. Igualmente mis fichas con Dionisio.
ResponderSuprimirNo, no vaya a pensar que es por ser el Dios del vino y el desenfreno. No.
La imagen de la publicidad con los dientes y la sangre....excelente!
Abrazo, gran.
Buen relato.
ResponderSuprimirDicen que en el colectivo "60", a las seis de la tarde, hay sexo grupal.
Serà cierto?
Un abrazo.
Como siempre, los Apolos se llevan los laureles!!!
ResponderSuprimirCreativo lo suyo con la publicidad... cámara, curitas y juicio... todo en uno!!!
Felicitaciones por el tercer premio!
Beso
Una hermosa tragedia griega. Los Apolos toman siempre esa actitud de esperar, esconder el juego y por fin aprovechar sin rivales, porque las afroditas lo permiten. Injustas y maliciosas como son. Ella debió haberle dicho: No macho, si no tiraste roscas para vos no hay pan dulce.
ResponderSuprimirPero no, lo deja actuar y no sanciona.
Me quedo un tanto disgustado por ese final.
Felicitaciones por su premio.
Un saludo.
CLAP CLAP CLAP CLAP !!!!!! Felicitaciones!!!!
ResponderSuprimirImpresionante su capacidad de imbuírnos en sus relatos. Más de una vez quise dejar de ser un pseudo Dionisio (me faltan kilos para tal rol en su plenitud) para convertirme en Apolo. y las veces que (casi) lo logro fué para terminar convirtiéndome en el tacho donde larga(n) todas sus desventuras. Patético!
En fin, queremos que demuestre sus aptitudes fotográficas!
Me parece que me estás empaquetando...
ResponderSuprimirEsos minones no viajan en el 59. En el 152 tampoco. En el 60 menos, están de paro..
Ah, ya entendí!
Muy bueno! Su post y su trabajo!!
ResponderSuprimirun saludo querido!
Buenísimo!! clap,clap, clap
ResponderSuprimirSospecho que usted es Zeus en uno de sus múltiples disfraces, esta vez de viejo. Nos ha estado engañando todo este tiempo!
Muy buen trabajo! El detalle del pendrive-curita es genial!
Besos para usted y para Hera ;)
Vengo retrasado como gordo en maratón, pero no por eso voy a dejar de felicitarlo, por el relato, por la publicidad, por tanto talento. Usted es groso. Y no me refiero a los rollos de Dionisio.
ResponderSuprimirSi. Ya sé, Bigud..ya sé...ya está. Tranquilo.
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